¿A qué huelen tus recuerdos?

Metidos de lleno en la vorágine del día a día, de las prisas y del estrés, son pocos los momentos en que nos decidimos a echar la vista atrás y disfrutar de lo que hemos hecho, de dónde hemos llegado, de lo que somos y de lo que tenemos.

A veces, inconscientemente hacemos esa labor bien por cosas que vemos que nos hacen recordar “aquellos maravillosos años”, o por un olor que nos transporta casi físicamente a otro lugar, en el que sin duda fuimos muy felices. El olfato nos puede ayudar a recordar momentos, vivencias y revivir sentimientos que teníamos olvidados en la memoria, pero que sin duda perduran en el recuerdo.

Trabajar el olfato en enfermedades como el Alzheimer y otras demencias, pueden ayudar de manera muy positiva a los pacientes. Trabajar los olores, permitirá a los enfermos  mantener la capacidad olfativa activa; igualmente, mediante la estimulación a través de diferentes olores, se puede diferenciar entre conceptos cognitivos tan diferentes como bueno y malo, agradable-desagradable o rico y malo.

Los olores y sus recuerdos nos permiten trabajar el lenguaje y mantener una comunicación expresando, en la medida de lo posible, lo que viene a nuestra mente. Si además esa comunicación se realiza en grupo, se interactúa con el resto de los integrantes, con los que se pueden intercambiar opiniones, vivencias, experiencias, etc.

Trabajar el olfato es un ejercicio sencillo que ayudará a recordar y evocar lugares, sentimientos, personas, acontecimientos etc.

¿Quién no se ha transportado a un lugar muy remoto, escondido en los confines de la memoria, al oler repostería recién hecha?

Un niño pequeño, mira con cara de asombro en la repostería de un pueblo, a un hombre vestido con su mandil blanco, y la cara manchada de harina, sacar con una gran espátula de madera, una hornada de pasteles recién hechos… ummmm… ese olor es especial, irrepetible, e inconfundible para el recuerdo.

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Imagen tomada de corazondealcachofa

¿Qué siente una persona con Alzheimer?

Con motivo de la celebración del día Mundial del Alzheimer (21-09-2013), queremos hacer un post dedicado a todas aquellas personas que quieren saber cómo se siente una persona que padece Alzheimer.

Esta enfermedad, de sobra conocida, la relacionamos automáticamente con la pérdida de memoria. Un enfermo de Alzheimer, pensamos que es una persona carente de memoria y recuerdos. Sin embargo, antes de llegar a la última etapa de esta enfermedad, las capacidades perceptivas de una persona perduran (aunque no al 100%), durante las diferentes fases de la enfermedad. Fomentando estas capacidades perceptivas de una manera eficiente, ayudamos a los enfermos a sentirse mejor. A pesar de esto, la propia enfermedad conlleva una serie de sentimientos que se hacen patentes según va avanzando dicha patología.

El estado de confusión en el que se encuentran inmersos, puede ir aumentando si no tienen a nadie que les diga qué y cómo hacer. Esta confusión sin duda les genera un gran malestar.

Los enfermos de Alzheimer sienten una gran falta de protección, frente a la incertidumbre de no tener a alguien que les apoye en sus acciones. Este sentimiento les hace ser más dependientes del cuidador, incluso para realizar las cosas más sencillas.

En innumerables ocasiones se sienten desorientados. Pueden ir a un  sitio, pero al llegar no saber para qué han ido. La frustración, es el sentimiento derivado de esta desorientación.

Los mayores se sienten reconfortados cuando reciben apoyo, protección y afecto tanto por parte de su cuidador, como de sus familiares.

Pero la alegría también tiene cabida en los enfermos de Alzheimer. A pesar de que pueden no llegar a recordar por qué están felices, el haber experimentado un rato previo de buenas sensaciones, les puede generar un sentimiento de plenitud. Esa alegría plena, la mantienen sin saber por qué. Pero ahí está, y es importante.

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Imagen tomada de elespaciodeauroraygerardomuozortiz

¿Cómo adaptar una vivienda para personas con demencia?

En este post y en próximas entradas dedicaremos nuestras líneas a hablar sobre la necesidad de adaptar las viviendas en las que residan familiares con Alzheimer, u otras demencias. ¿Por qué?, os preguntaréis muchos. La razón es que debido a la pérdida progresiva de sus capacidades cognitivas, sensoriales y afectivas, diferentes elementos de las viviendas que en situaciones normales no suponen ningún riesgo, con un enfermo de Alzheimer se pueden convertir en riesgos importantes.

CONSEJOS A TENER EN CUENTA
1.- Se debe potenciar la autonomía física del enfermo. Para ello mejoraremos la accesibilidad, eliminaremos elementos de riesgo, añadiremos opciones que estimulen capacidades que ya tiene, y se deberán compensar sus capacidades funcionales, sensoriales y motoras.
2.- Debemos favorecer su seguridad psíquica mediante mecanismos que palien su desorientación espacial y temporal.
3.- Proporcionaremos una estimulación sensorial adecuada (evitaremos ruidos estridentes y luminosidad excesiva)
4.- Respetaremos su intimidad en alguna “zona” sin perjuicio de su seguridad.
5.- Debemos favorecer la relación social de su entorno.
6.- Facilitaremos en todo lo posible la labor del cuidador.

OBJETIVOS A CUMPLIR EN LA ADAPTACIÓN DE LA VIVIENDA
1.- Debemos compensar la reducción de sus capacidades mentales (mediante pistas, técnicas de orientación…) y funcionales (asideros, luz nocturna…).
2.- Debemos prevenir los accidentes y caídas (especial cuidado con alfombras, mobiliario no canteado…)
3.- A lo largo de la demencia las necesidades del enfermo irán variando y aumentando. Para ello, deberemos adaptar la funcionalidad de la casa para que ésta se acople a cada estadio del paciente.
4.- Disminuir la fatiga y el estrés del cuidador (Evitar Síndrome del Burnout).

RIESGOS QUE DEBEMOS MINIMIZAR (intentar eliminar) EN LOS DOMICILIOS
1.- Debemos evitar los suelos resbaladizos, desniveles, escaleras y peldaños.
2.- Prestar especial atención a los cables eléctricos dispuestos por el suelo en zonas de paso.
3.- Evitar objetos de cristal y elementos decorativos que se puedan caer o romper.
4.- Ventanas, espejos y otro tipo de mobiliario que pueda deslumbrar deberemos considerarlos como riesgos de nuestra vivienda.
5.- Puertas, balcones y ventanas sin medidas de seguridad.
6.- La iluminación escasa o que produzca sombras es muy importante ya que al eliminar estos riesgos, reduciremos la posibilidad de caídas, golpes y sensación de miedo (sombra reflejada).
7.- Evitar electrodomésticos sin medidas de seguridad (túrmix, plancha, fuego, etc…)
8.- Mecheros, cerillas…. Objetos que puedan producir fuego.
9.- Productos tóxicos como medicamentos o productos de limpieza, que nunca deben estar a su alcance.
10.- Elementos que puedan quemar (estufas, radiadores, tubos de conducción de agua caliente…)
11.- Mantener fuera del alcance utensilios cortantes (cuchillos, tijeras, hojas de afeitar…)
12.- La basura.

En próximas entradas seguiremos ahondando en este tema, tan necesario tanto para familias, cuidadores, así como para personas con Alzheimer u otras demencias.

Plántale cara a tu enfermedad

No es fácil asumir una enfermedad grave cuando te la diagnostican. En realidad, ninguno estamos preparados para que nos digan que tenemos cáncer, padecemos Alzheimer, o tenemos Parkinson. Eso es algo que viene, y que cuando llega, lo mejor es informarse adecuadamente de la enfermedad por un especialista, conocer de posibles tratamientos, alternativas y/o consecuencias adversas que pudiera provocar dicha enfermedad.

Sin duda estas acciones son nuestro “pistoletazo de salida”, nuestra primera labor en el diagnóstico de una enfermedad grave. Después deberemos hacerle frente, es decir asumir la enfermedad que nos va a tocar vivir… o no. En ocasiones perdemos mucho tiempo en este punto, y eso corre en nuestra contra. Cuanto más tiempo pasemos empeñados en no asumir nuestra enfermedad, será tiempo desaprovechado. Sin embargo, cuando una persona no sea capaz de asumir su enfermedad, deberá recurrir a ayuda especializada. Aceptar lo que a uno le toca vivir, es un gran paso dentro de todos los que debemos dar en aras de una recuperación, o de sobrellevar una enfermedad de la mejor manera posible.

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Una vez que somos conscientes de la enfermedad, lo mejor es rodearse de gente dispuesta a echarnos una mano en momentos puntuales, en los que necesitemos ayuda; bien puede tratarse de asociaciones, especialistas, voluntarios, amigos…

Solos no podemos hacer frente al cambio tan radical que van a sufrir nuestras vidas ante una enfermedad. Hijos, parejas, compañeros, amigos… deben saber qué va a pasar, cómo actuar y sobre todo a qué se enfrentan. La gente que nos rodea debe tener toda la información en sus manos, para saber cómo ayudarnos.

Cuando una enfermedad aparece, no sólo la sufre el enfermo, sino todo el círculo familiar que le rodea, que debe apoyarle de manera conjunta. Cuando todas las fuerzas apuntan hacia una misma dirección, se convierten en una única fuerza capaz de mover montañas.