Un helado de colores

Hoy Miguelito no quiere helado. “¡No, no y no! No quiero helado. Quiero el cohete superchónico de Buglaiyear!” (Entiéndase: cohete supersónico de Buzz Lightyear). “¡Odio el helado!” Bueno, decir que Miguelito odia el helado, es mucho decir. En realidad le encanta, igual que a la abuela Marta; y de chocolate, para ser más exactos. Pero estos niños caprichosos de 6 años, cuando dicen que quieren algo, lo quieren y punto.

Pero hoy no es el día de Miguelito. Hoy no está de suerte. Es viernes y es el día en que Marta junto con su nieto y su hija van a tomar un helado. De chocolate, para ser más exactos.

Un helado de colores

Pasean desde casa hasta la heladería Los Italianos. ¡Qué tendrán estos italianos que saben hacer tan bien el helado!, piensa Miguelito.  Cremoso, con pepitas de chocolate que se deshacen en la boca, con cucuruchos de barquillo que crujen desde el primer hasta el último mordisco. Pero Marta prefiere la tarrina. El barquillo ya se hace duro para ella.

Se sientan en la heladería y una amable camarera les atiende. Miguelito hace su última intentona de manera educada, tal y como le ha enseñado su madre: “Yo un cohete superchónico de Buglaiyear, por favor”. Su abuela niega con la cabeza, porque aunque sabe que ella a veces dice cosas que no tienen mucho sentido, ahora Miguelito se ha colmado de gloria. Con un pequeño salto y un “auuu” en respuesta al pellizco que su madre le da por debajo de la mesa, rectifica y pide su tarrina de helado de chocolate.

Junto a tres tarrinas de helado, la amable camarera trae un cestillo de cucharitas de colores. De multitud de colores. Miguelito piensa. Y piensa. Y finalmente decide.

Abuela, ¿me pasas una cuchara amarilla?” Marta mete la mano en el cestillo, y sin hacer caso, coge la primera cucharita que encuentra: roja.  “¿Roja? Abuela, amarilla. Amarilla como el color de los canarios, como los plátanos. La quiero amarilla”. “¡Bendito niño! Cuando se le mete algo entre ceja y ceja, tiene que ser eso por narices”. Marta rebusca en el cestillo y da con una amarilla. Amarilla como la rosa que una vez le regalo su marido, piensa Marta; pero Miguelito interrumpe sus pensamiento con un: ”¡Abuela! Dame ahora una roja!” ¿Qué se creerá este niño?, se pregunta Marta, como si a ella le fuera tan fácil distinguir entre todos esos colores. Miguelito sigue en su afán de recolectar todo un arco iris de cucharitas y a la roja le siguen la azul, la verde, la morada, la rosa y la naranja. Marta está exhausta. Ya no puede más. Está como si hubiera pasado el examen de reválida. ¡Qué concentración mental para darle al niño su dichosa cucharita!. Pero parece que no lo ha debido hacer tan mal, porque Miguelito no se ha quejado otra vez.

Intrigada le pregunta al niño para qué diantre quiere tanta cuchara. Miguelito, afanoso en su quehacer de debajo de la mesa, saca un brazo que se alza hacia el infinito sujetando la tarrina, con todas las cucharitas de colores pinchadas en el helado. “Tachaaaaaaaaaaaaaaaaan! El cohete superchónico de Buglaiyear “. Bueno, más bien cohete derretido. Según sale Miguelito de debajo de la mesa, la tarrina se vuelca y toda la cremosidad que tan bien saben lograr en Los Italianos, va a caer a la falda de Marta. Miguelito abre los ojos como platos. Su madre abre los ojos como platos. Marta cierra los ojos para no ver la mancha en su falda.

El niño que tiene remedio para casi todo, y con un “no te preocupes abuela que esto lo soluciono yo, como Buglaiyear “, se sienta de rodillas frente a su abuela y con sus cucharitas de colores empieza a echar poco a poco el helado de la falda a la tarrina. ¡Genial! Sigue estando igual de cremoso que al principio.

Marta no puede hacer nada más que sonreir ante las ideas de su nieto, que siempre y de manera inconsciente, se desvive haciendo feliz a su abuela.

Miguelito ha triunfado, como lo haría Buzz Lightyear:  “¡¡¡hasta la heladería y más alla!!!”.

¿Qué consigue Marta con el helado de colores?
– Trabajamos la capacidad cromática eligiendo cucharitas de colores.
– Trabajamos la movilidad y la orientación con el paseo hasta la heladería.
– Si el helado lo comemos por costumbre un día específico de la semana, instauramos una rutina agradable y beneficiosa para todos los miembros de la familia.

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Begoña, la cuidadora

Begoña es una mujer de mediana edad que se dedica al cuidado de ancianos. Desde hace unos meses cuida a Antonio, un veterano mecánico de coches de 80 años. Begoña, con su carácter fuerte y marcado, pero a la vez amable y comprensiva, se esfuerza para que Antonio se valga por sí mismo.

En su quehacer diario Begoña dará paseos con Antonio, le ayudará a ejercitar su mente y movilidad con pequeñas tareas domésticas, y realizarán pequeños encargos para motivar la rutina diaria.

Antonio, que considera a Begoña “la versión femenina de su sargento en la mili”, le pondrá más de una traba con su cabezonería y con la ayuda de su amigo Marcial, con el que queda de vez en cuando para tomar una cafelito.

Recuérdame que recuerde: la cuidadora de personas mayores

El objetivo de Begoña está claro: que Antonio mantenga un plan de ejercicio físico diario y refuerce su equilibrio, entre otras muchas cosas. Pero Antonio, es mucho Antonio y no será tarea fácil para Begoña.