Persiguiendo el recuerdo de un olor

Hoy Marta ha decidido salir a dar una vuelta en vez de esperar sentada en el sofá hasta que venga Miguelito de la escuela. Le dijeron que era conveniente que anduviera, aunque sea un poquito todos los días. Después de su paseo, cogerá la merienda de su nieto e irán al parque para que el niño juegue con sus amigos.

Marta sale de casa, y se dirige por el camino que habitualmente suele ir con su hija y también con Miguelito. Marta, antes de cruzar la calle mira al semáforo, y ve que está en ámbar. Se recuerda, tal y como bien le dijo su nieto, que debe esperar. Su nieto le dio hace días una clase magistral de seguridad vial. Cuando el semáforo está en verde, Marta cruza la calle y luego gira a su izquierda. Pasea por un camino rodeada de árboles, esos que tanto le gustan a Miguelito porque ahora en primavera están llenos de hojas y flores, y al niño le encanta ver cómo se mueven con el viento. Mientras sigue con su paseo, se distrae con las hojas de los árboles. Mira lo bonitos que están los magnolios en flor… ¡qué colorido tan precioso!

recuerdame_que_recuerde_desorientacion_perdidaAbsorta en sus pensamientos, Marta vuelve a su paseo rutinario cuando se da cuenta por un momento de que no sabe dónde está. Se encuentra en una esquina, en un cruce de calles y está desorientada. Mira hacia la derecha y luego mira a la izquierda. ¿Por dónde debe seguir? ¿Es posible que se haya perdido?

En un momento en el que parece que empieza a sentir hormigueo en el estómago del nerviosismo, una ráfaga de viento le acerca el suave aroma de café recién tostado. ¡Marta recuerda ese olor! Ese aroma viene de la cafetería que está al lado de su casa, donde todos los días muelen el café por las tardes. El aroma del café logra que Marta llegue a su casa, justo al mismo tiempo que Miguelito pasa como un obús en busca de su ansiado bocadillo.

Marta piensa que no estaría de más prepararse ella otro bocadillo de chorizo de Pamplona. Su estómago no lo resistirá, pero haber sabido llegar a casa, bien merece tan grato premio.

La importancia de crear una rutina en el paseo diario
– La memoria debe tener referencias espaciales, visuales, olfativas, etc que orienten a la persona en su paseo.
– Durante los paseos diarios, antes de crear esa rutina se ha debido trabajar la conexión entre los sentidos y la experiencia (es decir, los árboles del paseo, son los que le gustan a Miguelito; y el olor a café tostado, la cafetería de al lado de su casa. También puede tratarse de un luminoso de una farmacia, etc)
– Se ha trabajado la atención, la lógica, el razonamiento y la concentración.
– Marta, mediante la rutina que ha practicado diariamente ha paliado la ansiedad que le ha producido la situación de verse perdida y/o desorientada.

Un curso acelerado de Seguridad Vial

Hoy Miguelito ha arrastrado literalmente a la abuela Marta de su sofá. La abuela que tan a gusto estaba viendo la tele, se ha tenido que poner los zapatos y agarrar el bolso al vuelo para seguir el ritmo de su nieto. No es para menos: van al parque, ¡y el parque no espera!

 recuerdame_que_recuerde_seguridad_vial_abuelos2Miguelito coge de la mano a su abuela, y su madre les sigue por detrás comprobando que Marta todavía se maneja bien en la ciudad y es capaz de orientarse. Para ello van por el camino habitual al parque y Miguelito en el camino le cuenta a su abuela que se van a encontrar con Susi, que ya habrá llegado y con Pedrito, su gran aliado en las carreras del patio en el colegio.

Miguelito no calla, y su abuela le escucha aunque habla tan rápido, que se le hace complicado seguirle. Al cruzar la carretera Miguelito se para en seco, tira de su abuela bruscamente y le dice “¡¡¡abuelaaaaaaaaa, que el semáforo está naranja!!!”. Marta se para de golpe, le mira a Miguelito y se pregunta qué le pasará al niño. “¿Naranja? ¿Y no se puede pasar en naranja?” Enseguida llega la madre de Miguelito y el niño le cuenta que su abuela ha estado a punto de saltarse el semáforo. “¡Pequeño renacuajo chivato!” piensa Marta. El niño le mira a su abuela y como un experto ponente que explica a sus oyentes los entresijos de su investigación, Miguelito hace lo propio con su abuela. “Abuela, cuando el semáforo está en naranja no podemos pasar porque a tu ritmo no nos da tiempo de llegar al otro lado.” Qué carajo de niño, piensa Marta; pero razón no le falta. Miguelito explica a su abuela que el color rojo significa “prohibido pasar”, el naranja “precaución, y mejor no pasar”; y el verde, “se puede pasar”.

recuerdame_que_recuerde_seguridad_vial_abuelosMarta mira asombrada a su nieto. El niño está más hueco que una gallina pomposa. ¡Qué gran explicación le ha dado a su abuela!.  Su profe de educación vial estaría orgulloso de él. Sólo le falta el chiflo (como diría su abuela) y sería como su profe. ¿Cómo su profe? ¡¡Mejor que su profe!!!, piensa Miguelito.

Cuando pasan el semáforo (en verde, por supuesto), Miguelito sigue con su discurso sobre educación vial. Le recuerda a la abuela Marta que siempre debe cruzar por el paso de cebra. Ha de mirar a la izquierda y luego a la derecha; y por supuesto no debe pasar con el semáforo en ámbar.

Fin del trayecto y de la clase magistral: han llegado al parque. Marta suspira cuando Miguelito corre veloz hacia sus amigos. Respira de alivio, pero también piensa que el niño tiene toda la razón del mundo. Muchas veces cruza por donde no debe, sin haber paso de cebra… por no hablar del semáforo. Se promete a sí misma que a partir de ahora hará más caso a todo lo que Miguelito le ha dicho… Si se acuerda…

Es importante conocer y respetar las señales de tráfico para:
Trabajar la memoria para recordar cuáles son las normas viales, colores, formas, señales habituales (pasos de cebra, semáforos…)
– Instaurar una rutina reforzando un buen hábito.
– Establecer una ruta habitual para no perdernos.
– Realizar una prevención en posibles sustos y accidentes innecesarios.

Un helado de colores

Hoy Miguelito no quiere helado. “¡No, no y no! No quiero helado. Quiero el cohete superchónico de Buglaiyear!” (Entiéndase: cohete supersónico de Buzz Lightyear). “¡Odio el helado!” Bueno, decir que Miguelito odia el helado, es mucho decir. En realidad le encanta, igual que a la abuela Marta; y de chocolate, para ser más exactos. Pero estos niños caprichosos de 6 años, cuando dicen que quieren algo, lo quieren y punto.

Pero hoy no es el día de Miguelito. Hoy no está de suerte. Es viernes y es el día en que Marta junto con su nieto y su hija van a tomar un helado. De chocolate, para ser más exactos.

Un helado de colores

Pasean desde casa hasta la heladería Los Italianos. ¡Qué tendrán estos italianos que saben hacer tan bien el helado!, piensa Miguelito.  Cremoso, con pepitas de chocolate que se deshacen en la boca, con cucuruchos de barquillo que crujen desde el primer hasta el último mordisco. Pero Marta prefiere la tarrina. El barquillo ya se hace duro para ella.

Se sientan en la heladería y una amable camarera les atiende. Miguelito hace su última intentona de manera educada, tal y como le ha enseñado su madre: “Yo un cohete superchónico de Buglaiyear, por favor”. Su abuela niega con la cabeza, porque aunque sabe que ella a veces dice cosas que no tienen mucho sentido, ahora Miguelito se ha colmado de gloria. Con un pequeño salto y un “auuu” en respuesta al pellizco que su madre le da por debajo de la mesa, rectifica y pide su tarrina de helado de chocolate.

Junto a tres tarrinas de helado, la amable camarera trae un cestillo de cucharitas de colores. De multitud de colores. Miguelito piensa. Y piensa. Y finalmente decide.

Abuela, ¿me pasas una cuchara amarilla?” Marta mete la mano en el cestillo, y sin hacer caso, coge la primera cucharita que encuentra: roja.  “¿Roja? Abuela, amarilla. Amarilla como el color de los canarios, como los plátanos. La quiero amarilla”. “¡Bendito niño! Cuando se le mete algo entre ceja y ceja, tiene que ser eso por narices”. Marta rebusca en el cestillo y da con una amarilla. Amarilla como la rosa que una vez le regalo su marido, piensa Marta; pero Miguelito interrumpe sus pensamiento con un: ”¡Abuela! Dame ahora una roja!” ¿Qué se creerá este niño?, se pregunta Marta, como si a ella le fuera tan fácil distinguir entre todos esos colores. Miguelito sigue en su afán de recolectar todo un arco iris de cucharitas y a la roja le siguen la azul, la verde, la morada, la rosa y la naranja. Marta está exhausta. Ya no puede más. Está como si hubiera pasado el examen de reválida. ¡Qué concentración mental para darle al niño su dichosa cucharita!. Pero parece que no lo ha debido hacer tan mal, porque Miguelito no se ha quejado otra vez.

Intrigada le pregunta al niño para qué diantre quiere tanta cuchara. Miguelito, afanoso en su quehacer de debajo de la mesa, saca un brazo que se alza hacia el infinito sujetando la tarrina, con todas las cucharitas de colores pinchadas en el helado. “Tachaaaaaaaaaaaaaaaaan! El cohete superchónico de Buglaiyear “. Bueno, más bien cohete derretido. Según sale Miguelito de debajo de la mesa, la tarrina se vuelca y toda la cremosidad que tan bien saben lograr en Los Italianos, va a caer a la falda de Marta. Miguelito abre los ojos como platos. Su madre abre los ojos como platos. Marta cierra los ojos para no ver la mancha en su falda.

El niño que tiene remedio para casi todo, y con un “no te preocupes abuela que esto lo soluciono yo, como Buglaiyear “, se sienta de rodillas frente a su abuela y con sus cucharitas de colores empieza a echar poco a poco el helado de la falda a la tarrina. ¡Genial! Sigue estando igual de cremoso que al principio.

Marta no puede hacer nada más que sonreir ante las ideas de su nieto, que siempre y de manera inconsciente, se desvive haciendo feliz a su abuela.

Miguelito ha triunfado, como lo haría Buzz Lightyear:  “¡¡¡hasta la heladería y más alla!!!”.

¿Qué consigue Marta con el helado de colores?
– Trabajamos la capacidad cromática eligiendo cucharitas de colores.
– Trabajamos la movilidad y la orientación con el paseo hasta la heladería.
– Si el helado lo comemos por costumbre un día específico de la semana, instauramos una rutina agradable y beneficiosa para todos los miembros de la familia.